Imposible que alguien no tenga un sueño que, al parecer, es imposible de realizar. Imposible que alguien viva sin soñar. Imposible que se pueda soñar sin divagar.
Todos tenemos sueños, caracterizados por parecer lejanos, ya que las cosas más difíciles son aquellas que más se valoran. Algunos sueñan con mujeres, otros con viajes, profesiones, hobbies, hay muchas cosas por soñar. ¿Pero vale la pena escapar de la realidad para seguir los sueños?
Suele pasar que la costumbre de una vida normal pueda limitar la imaginación, sin embargo cada persona tiene la capacidad de ver más allá de su realidad y, divagando un poco, empezar a soñar.
Todos quieren tener algo que los diferencie, algo que los haga felices, algo que tal vez no haga parte de la cotidianidad pero que resulta especial, algo aparentemente utópico.
Yo pienso que soñar es la cosa más hermosa del mundo. Tenemos una vida, una sola, como para desperdiciarla siguiendo un sistema que no es de nuestro agrado. Cada segundo que pasa es un segundo de oportunidad que se pierde, nada es imposible; con pasión y esfuerzo todo es realizable. Tal vez se reciban críticas, no falten obstáculos, el camino sea duro, pero en eso se basará la alegría cuando se cumplan los sueños: la satisfacción de un trabajo bien hecho. El sólo hecho de haberlo intentado ya es una actitud ganadora, para mí es perdedor quien no intenta conseguir sus metas y se predispone a la derrota.
Por eso, sin excederme mucho más, invito a una reflexión. ¿Vale la pena tener una vida normal, o resulta mejor perseguir los sueños que tenemos?
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