Esta es la historia de Celia, una célula diferente a todas las demás. Celia era una linda y pequeña criatura con vida que nadaba por mis tejidos como si no hubiera un mañana.
Era reconocida por toda la población de mi cuerpo pues, a diferencia del resto de células, no se reproducía por mitosis ni meiosis, sino por abracitos.
Así era, cuando alguna amable célula vecina le concedía a Celia un caluroso y fraterno abrazo, ella inmediatamente daba vida a una nueva hija, lista para colaborar en mi hermoso cuerpo.
Todo era alegría en mi interior, el amor se sentía por doquier, pues las células hijas de hermosos abracitos nadaban con sonrisas por mi ser, y eso me alegraba la vida.
Un buen día, o más bien un mal día, el señor Bacterio ingresó a mi estómago a través de un perro de mil quinientos del Parque Nacional. Tan cruel como nada en esta vida, buscó a Celia para cometer su malvado plan.
Bacterio, con los poderes de homicidio de células a través del contacto físico, sabía que un malévolo abracito acabaría con ese intolerable amor que me invadía, y así fue. Inocentemente, Celia le abrió sus brazos dispuesta a una nueva procreación, pero las cosas no siguieron sus planes. Al primer roce, Celia murió.
Del cuerpo de Celia, que no tardó mucho en descomponerse, surgió un pequeño huevo. Gracias al pasar de los días la cáscara empezó a romperse, y salió una pequeña bacteria con una hermosa sonrisa.
Aquella huérfana criatura empezó a vivir en mi estómago, y sin querer tropezó con otros cuerpos, dándoles una magnífica sorpresa. El roce con la bacteria provocaba en los seres una sonrisa espontánea, de aquellas que son verdaderamente sinceras.
Sin Celia, pero con su heredera, el cuerpo de Santiago se llenó de sonrisas y felicidad, demostrando nuevamente que el poder de los abracitos siempre será mayor al de las malas intenciones.
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