Pensando en la teoría del filósofo inglés Hume, las percepciones que experimenta el humano se pueden dividir en "impresiones" e "ideas". En palabras más sencillas, el hombre siente cosas en un determinado momento (impresiones) y en un futuro reflexiona, recuerda y piensa sobre ellas (ideas).
Un importante corolario de tales definiciones radica en que las impresiones son más 'fuertes' que las ideas. ¿En qué sentido más fuertes? Si yo me golpeo con la mesa, el dolor de tal impresión será bastante fuerte, sin embargo si en 3 años recuerdo el golpe, el dolor que experimente en tal idea será mucho menor al experimentado en la impresión.
Dolor físico, sorpresa, cansancio, pereza, nervios, entre otros, son impresiones de un instante que, aunque fuertes en su momento, disminuyen durante el pasar del tiempo. Sin embargo el amor, odio, felicidad, tristeza y similares no funcionan según el mismo criterio, ya que pueden perdurar en el tiempo y, tristemente, la fuerza de la impresión no es mayor a la de la idea. Poniendo un ejemplo concreto: si yo estoy enamorado y en algún momento veo a la persona que amo y siento "amor", la impresión será bastante fuerte. Si sigo enamorado, después de un determinado momento, puedo recordar la imagen de la persona que amo y, curiosamente, la idea de la persona tendrá la misma intensidad o fuerza que la impresión: el "amor" se siente igual.
He ahí el problema: los sentimientos perduran en el tiempo porque son procesos mentales duraderos y no físicos de un momento inmediato, son ideas que no pierden intensidad con respecto a las impresiones y, por lo tanto, son algo especial a lo cual el humano da demasiada importancia, a veces en exceso.
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